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¿Y si “Cincuenta sombras de Grey” hace del sexo desaforado un fenómeno literario?

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En algún momento de la semana pasada, algún señor inglés de alguna tienda de Inglaterra compró la copia número 5.300.000 de “Cincuenta sombras de Grey” y convirtió al título, sin quererlo, en el libro moderno mejor vendido en el Reino Unido. En solo cuatro meses, la dichosa novela ha vendido más ejemplares que “El código Da Vinci” en un año y que la integral de Harry Potter en 15.

Lo mismo está pasando en todo el mundo y los expertos ya dan por hecho que terminará siendo el libro más popular de la historia, por encima de la Biblia y “El arte de la guerra”. Es lo que tiene escribir una novela cuyas virtudes literarias pueden ser mayores o peores (o, en este caso, inexistentes) pero cuya trama está sojuzgada a los encuentros sexuales de sus dos protagonistas, afanosamente descritos a lo largo de páginas y páginas de adjetivos e interjecciones como “oh Dios mío”, “cielo santo” .

En otras palabras: es porno literario. El primer polvo tarda unas 112 páginas en llegar, pero una vez los protagonistas entran en materia, tienen unos 15 encuentros en las siguientes 400.

Cincuenta sombras de Grey: 15 polvos en 500 páginas como nunca los has leído

Este superéxito de ventas propone algo muy interesante, porque los fenómenos literarios siempre se saldan con legiones y legiones de imitaciones más o menos descaradas. Pasó con “El código DaVinci” en 2003, cuando de repente las estanterías del mundo se llenaron de conspiraciones milenarias llevadas a cabo por sociedades secretas. De repente llegó la saga “Millenium” y los autores suecos de novela negra invadieron el mundo entero. Luego fueron los vampiros de “Crepúsculo”. Y así en un ciclo eterno que ha rescatado y vuelto a enterrar cientos de géneros y que nunca nadie hubiera imaginado que le pasaría a la novela erótica.

Más que nada porque se trata de un género que declarado obsoleto hace ya demasiados años, tuvo un cierto esplendor en los años 60 y 70, cuando los estantes más altos e inaccesibles de las librerías anglosajonas albergaban cosas como “Trópico de cáncer”, “El valle de las muñecas” o “Portnoy’s Complaint”. Obras de cuestionable mérito literario, pero que gozaban un seguimiento de culto y ejercían una fascinación sobre miles de lectores por ese halo de “libros guarros” que nunca había logrado penetrar (disculpen la expresión) las listas de lo más vendido. Su interés no residía en la prosa ni en la historia. Era que hablaban de sexo y estaban prohibidos.

Al género le fue bien en aquellos años, pero en cuanto se inventaron las cámaras caseras y se pudo hacer porno que proyectar en los cines X, empezó a decaer. De repente, leer el sexo dejó de resultar tan atractivo cuando se podía ver. En los años 80, cuando la industria del porno se pasó al vídeo, el “libro guarro” ya había muerto prácticamente para siempre, relegado a un par de párrafos en novelas de otra calaña como la intriga o la Historia.

Por eso, “Cincuenta sombras de Grey” plantea una posibilidad interesante: el inevitable resurgir de algo que se creía olvidado y superado. No es una buena noticia para el mundo de la literatura, claro. Por mucho que cada vez que salga un fenómeno surja un colectivo de expertos que se consuelen diciendo “al menos la gente lee”, las escenas de sexo son las más complicadas de escribir para cualquier autor. Y estos libros prometen ser igual de nefastos. Hasta Mario Puzo, que incluyó un coito de 27 páginas en “El padrino”, terminó usando una frase tan desopilante como “carne húmeda y ampulosa” para describir los genitales de una mujer. Hemingway se lamentaba de que una escena de sexo se pueda resumir en una frase de diálogo: “Sí. Eso. Muy bien, pues”.

Y si este libro va a ser el que marque la pauta, mal lo llevamos. Su autora, E. L. James, lo escribió juntando relatos cortos que había escrito para los protagonistas de “Crepúsculo” (de hecho, la trama de ambos libros es idéntica, sustituyendo a los vampiros por la libido) y no es, ni de lejos, una autora profesional. Pero como rareza literaria y social (¿cuántas veces se ve renacer en el mainstream un invento tan imposiblemente obsoleto? Hasta las máquinas de escribir son solo cosa de mitómanos y modernos), la vuelta del “libro guarro” no tiene precio. Las posibilidades son infinitas y la reacción del público puede darnos tantas pistas sobre el estado de ánimo colectivo actual como la Curiosity de Marte. Sí. Eso. Muy bien, pues.

Tomás Castroviejo

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